La estrella de la pasión – Miguel Angel Cornejo

Su caminar revelaba su estado de ánimo, hombre maduro que en ese día especial se refugió en su propia soledad; el mar lucía un tenue color a melancolía, un espacio infinito que le invitaba como nunca a realizar un alto, reflexionar sobre lo realizado durante su vida.

Claro, se decía a sí mismo, he trabajado duro en épocas de bonanza y también de escasez. He desfallecido, he disfrutado y también llorado, he encontrado el amor y su ausencia, preocupado siempre en el mañana, angustiado por el futuro; además, cargando un pasado lleno de culpas. Lo recuerdo siempre con arrepentimiento y aun así no me he liberado de ese peso que aún siento sobre mi alma, pero a esta altura de la vida, de lo vivido, me pregunto ¿qué he hecho con mi vida?

Le sorprendió casi atropellar a un viejo que sentado en la playa contemplaba el mar, su rostro surcado de arrugas revelaba su andar, las manos callosas, fuertes y de apariencia tosca hablaban que su labor era o había sido una tarea ruda; su mirada, tal vez lo más intrigante, tenía una extraña luz de suspenso, como si interrogara el mundo, en el fondo transmitía paz como la de un niño dormido plácidamente en los brazos de su madre.

Sin saber por qué me acerqué tímidamente preguntando por su nombre, desde luego que primero yo me presenté. No emitió un solo sonido, solamente me miró con tal fuerza que sentía que me desnudaba el alma, insistí ahora con más fuerza hasta que mi voz se tornó de cólera y rabia.

—¿Por qué me mira así? ¿Acaso lo ofendí? Cuénteme, cómo logra transmitir esa voz silenciosa que siento y me cuestiona qué he hecho con mi vida.

—¿Quién es? —insistí—, deme alguna razón para hacerme sentir como me siento, acaso es un ángel o tal vez un demonio que me atormenta aún más en mi despilfarro existencial.

Lentamente el viejo extendió su mano no para saludarme sino para trazar un símbolo en la arena, una estrella, su mirada se concentró en ella. Sentí una extraña sensación, vi que empezó a cobrar vida, a moverse, se elevó unos cuantos centímetros y empezó a avanzar hacia el mar, conforme avanzaba más brillo adquiría, rayos de luz que marcaban un sendero luminoso. Desesperado traté de alcanzarla, me sumergí en el mar, empecé a bracear con tal ímpetu que por momentos creía tenerla al alcance de mi mano, fue una locura, era una alucinación. En ese arrebato no me percaté de que me alejaba, en un momento hice un alto, miré hacia atrás y mi punto de origen casi se perdía en la nada. Nadé con todas mis fuerzas para regresar, agotado, sentía que las corrientes marinas me detenían, me hacían retroceder, exhausto hasta el fin reconocí que estaba perdido, inevitablemente llegaba al final. Experimenté una extraña paz, los ojos del viejo me contemplaban con profunda dulzura y serenidad. Dejé de luchar, sentí que mi cuerpo se iba al fondo acompañado de un arcoíris con luceros de todos los colores brillantes e intensos.

Sentí un brazo fuerte que en forma de candado me sujetó al cuello, no sabía quién era, estaba fuera de mi visión; me arrastró con tal vigor que pronto pude ver la playa, unos cuantos metros antes de llegar el desconocido me soltó. Exhausto toqué tierra, busqué a mi salvador, nada, solamente arena, mar y el viejo quien al verme como si me esperara se puso de pie, me tendió su mano y en forma inexplicable era tal mi felicidad de estar vivo que me eché en sus brazos llorando de alegría, sentí el mismo brazo que me rescató del fondo, sonrió sin decir palabra, caminó hacia el horizonte y se perdió en ese mágico amanecer.

Comprendí que en la vida para existir es necesario encontrar una estrella, un ideal por el cual luchar, cuando de verdad queremos vivir con intensidad tenemos que encontrar una razón, un sueño por realizar, una estrella alta y noble que nos haga vibrar. Cuando descubrimos nuestra estrella, la vida se nos ilumina y es la estrella que Dios nos pedirá al final de nuestra existencia, la estrella de nuestra vida.

La pasión, ese arrebato que nos conduce hacer lo impensable, de intentar lo imposible, desafiar a la realidad. Es vivir la locura de un ideal, nos hace vivir la magia, que da sentido a nuestra existencia. Encontrar la estrella de nuestra vida es descubrir en nosotros mismos la pasión que nos impulsa a vivir intensamente la maravillosa aventura de existir.

La pasión es la estrella que llevamos en el corazón.

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